REGRESO A CASA

Regreso a casa.

He vivido un par de meses lejos de mi mundo ordinario. Otros países. Otras vidas. Otros afectos. No mejores. No menores. OTROS.

Algunos huyen de su mundo ordinario como si del infierno se tratara, para luego enredarse en un infierno ajeno que no se atreverán nunca a reconocer. O pueden llevar su infierno a cuestas.

Y así, unos van, otros vienen. Con su infierno o con su paz.

Yo voy y vengo. Me voy y me quedo.

Reconozco el mundo como escenario.  Cuando subo a la tarima piso siempre las mismas tablas. La misma luz me ilumina desde arriba  y la misma oscura cortina se extiende a mis espaldas. Solo cambia el decorado. Quizás el color de la luz.

 A veces hay flores y bosques,  casas nuevas, calles relucientes de asfalto y caminos suaves por los que provoca andar sin zapatos. Las luces brillan esplendorosamente, y vuelven invisible el cortinaje, que puede convertirse en arcoiris, ciudad de neón, o hasta en el mismísimo mar.

Otras veces no hay nada de eso. Hay un escenario en penumbra. Las tablas se asoman como calles rotas o caminos empedrados. Hay flores marchitas y algunos árboles que resisten el verde a pesar de la sequía. La luz es tan tenue como la de una vela, y la opaca cortina del fondo refleja formas que parecen fantasmas y casas destartaladas.

En cambio, yo, siempre soy yo. Soy el hogar de mi misma. Soy suficiente.

Vivimos en un entorno colmado de angustia. Nuestra civilización no entiende el aquí y el ahora. Añoramos  el ayer, planificamos el mañana. Y apenas hemos alcanzado ese “mañana”, aparece la esperanza de otro “mañana”.  Así se nos va escapando la vida sin abrazar lo único cierto que tenemos: el hoy.

La continua expectativa en que vivimos, esa sensación de que nada es suficiente y que siempre habrá un mejor porvenir, es la fuente principal de nuestra angustia. ¿Y qué tal si no hubiera un mejor porvenir? ¿O si no hubiera porvenir en lo absoluto? ¿No habrá valido entonces la pena el mero hecho de vivir?

En el presente solo cabe la gratitud por la vida, tal y como nos ha sido dada.  Y solo en el presente podemos cultivar nuestro centro de paz.

Todos hemos experimentado esos momentos en que una vivencia poderosa nos hace olvidamos por un rato de nosotros mismos. Como cuando vamos al cine y la película nos engancha de tal manera, que al finalizar no sabemos dónde estamos ni cuánto tiempo hemos pasado allí. Eso es vivir el presente con absoluta plenitud.

Para alcanzar ese estado de paz, Budha dice que necesitamos seguir cuatro leyes:

La primera, es la aceptación del hecho de que la vida implica felicidad y dolor. Todo a nuestro alrededor, cualquiera que sea el escenario, está sujeto al tiempo, y por lo tanto, tiene fecha de caducidad.  

La segunda ley, se refiere al apego. El dolor es directamente proporcional a la intensidad de nuestros apegos. Honraremos la vida sin el afán de retenerla y aceptaremos la muerte como su fin natural.

La tercera ley, es sobre el espacio-tiempo. Cuando aceptamos que solo nuestro cuerpo físico está atado a estas dimensiones, podemos liberar nuestra conciencia y hallar nuestro espíritu, que nos trasciende.

La cuarta y última ley, es el camino recto hacia la paz. Si cultivamos el desapego, aceptando los límites que supone la existencia humana, entonces, libres de expectativas, podremos vivir en plenitud el presente.  

La vida me ha enseñado repetidamente algunas lecciones que yo me negaba a aprender. En los últimos años ella ha sido particularmente perseverante, y me ha obligado a subir varias veces a ese escenario en penumbra que me resultaba aterrador. Ha dejado de asustarme  la amenaza de caer entre las tablas rotas. Camino confiada, porque finalmente aprendí que el miedo no puede prevenir ningún evento que corresponda al devenir de mi destino. El miedo crea la angustia y la angustia nos separa de vivir el hoy.  

La paz interior y la conciencia plena pasan por aceptar que solo somos actores dentro de un escenario que es externo, que escapa a nuestro dominio. De nuestra conciencia profunda nace la capacidad para identificar lo que está fuera de nuestra área de control. Entenderlo y convivir con esta certeza es una fuente de paz.  Pero eso no significa aceptar límites y conformarnos. También de esa conciencia profunda nace la resiliencia. Entonces, depende de nosotros aceptar vivir en las sombras que a veces el mundo físico nos impone, o ser la pequeña luz que marque la diferencia.

Al identificar nuestro breve espacio de acción en el universo, reconocemos que no podemos cambiar el mundo, ni siquiera nuestro entorno más cercano. Sin embargo, nada nos impide descubrir, en nuestro interior, esa pequeña gran misión personal que a cada uno de nosotros le fue asignada. No hay felicidad duradera que no tenga sus raíces en la propia conciencia, en el conocimiento del alma y en la necesidad de dejar en este mundo, una huella bonita

No sé cuántos nuevos escenarios habré de pisar en el futuro. Sé que en cada uno tengo una misión, y mi trabajo personal es descubrirla. Sin miedo al cambio,  domino la escena. Soy yo, defendiendo mi centro, con mi hogar a cuestas. Como un caracol que lleva su casa adentro.

Un comentario en “REGRESO A CASA”

  1. Elisa… Me encantó tu publicación,un pensamiento y actitud,que nos ha tocado a muchos vivir…. Entramos y salimos de diferentes escenarios…así lo planeamos en nuestra carta destino y lo importante es aprender así evolucionar y poder dar amor!!
    Te admiro
    Carmen
    Namasté

Comentarios cerrados.