Un cisne en el pantano

U                                                  

Un cisne en un pantano no puede ser manchado por el lodo. Su plumaje, espeso y liso, impide que las aguas en que nada hagan contacto con el aire existente entre plumas y piel, así, el ave no se moja y conserva su calor natural. Y por si fuera poco, la cera secretada por la glándula uropigea, ubicada cerca de su cola,  posee un efecto repelente del agua que le permite permanecer acicalada y limpia. En el lago cristalino y en la sucia laguna, el cisne no perderá nunca su impoluta blancura.

Los seres humanos, sin duda, tenemos muchas más cosas que perder que el blanco cisne. Y los venezolanos hemos perdido mucho, durante mucho tiempo. Pérdidas económicas y materiales, porque el trabajo y el esfuerzo dejaron de ser rentables y  debemos reinventarnos cada día para sobrevivir. Pérdidas físicas e íntimas, porque nuestras familias están rotas, nuestros hijos lejos, y los menos afortunados han perdido a alguien en un hospital, en una marcha, en una calle cualquiera. Pero las peores de todas nuestras pérdidas, han sido las existenciales: las metas, los ideales, a veces hasta los valores y la dignidad.

A pesar de todo, ¿podemos ser como el cisne? ¿Podemos permanecer centrados en nuestro ser, en medio de la oscuridad y las ruinas?   

Hay una capacidad particular en todo ser humano que nos permite transformarnos para afrontar situaciones traumáticas.

Resiliencia es la transformación positiva ante la adversidad

Huir no es resiliencia

Oposición no es resiliencia

Adaptación no es resiliencia

Resignación no es resiliencia

Resiliencia es:

Resistir, asumiendo el cambio y la nueva realidad

Rehacerse, creciendo en el dolor

Renacer, transformándonos en alguien mejor

No todos tenemos la misma capacidad de ser resilientes. Pero todos podemos aprender. Yo aprendí hace unos pocos años, y no fue fácil. Nada fácil, hasta que logré comprender el sentido de mi vida en el aquí y el ahora.

Estos diez consejos, que apendí de Jazmin Zambrano, me ayudaron a construir resiliencia:

1.- Cultiva las relaciones con personas que te aporten energía y buen humor

2.- Mira las crisis como oportunidades, y aprovéchalas

3.- Acepta el cambio negativo, solo así sabrás dónde estás

4.- Usa la creatividad para construir metas posibles,  y enfócate en ellas

5.- Toma acciones decisivas, sé el líder de ti mismo

6.- Busca oportunidades para conocerte mejor

7.- Cultiva una visión positiva de quien eres

8.- Mantén las cosas en perspectiva

9.- Conserva la esperanza viva, confía  y concéntrate en hoy

10.- Cuida de ti y dirige la atención a tu interior. Meditar, caminar, hacer yoga u otra actividad física que disfrutes, es un plus que tu cuerpo y tu mente sabrán agradecer

En virtud de mi experiencia, agrego algo más: descubre el sentido de tu vida. ¿Cuál es tu trinchera en este planeta, en este país, en este momento de tu existencia? ¿Cuál es tu misión?

Entonces, sacude tu plumaje, acicálate, y disfruta mientras te deslizas en la laguna, aunque esté sucia y oscura. La resiliencia es nadar en el pantano sin mancharte, con la certeza de que vas camino al lago cristalino.

REGRESO A CASA

Regreso a casa.

Cuatro meses lejos de mi mundo ordinario. Otro país. Otra vida. Otros afectos. No mejores. No menores. OTROS.

Algunos huyen de su mundo ordinario como si del infierno se tratara, para luego enredarse en un infierno ajeno que no se atreverán nunca a reconocer. O pueden llevar su infierno a cuestas.

Y así, unos van, otros vienen. Con su infierno o con su paz.

Yo voy y vengo. Me voy y me quedo.

Reconozco el mundo como escenario.  Cuando subo a la tarima piso siempre las mismas tablas. La misma luz me ilumina desde arriba  y la misma oscura cortina se extiende a mis espaldas. Solo cambia el decorado. Quizás el color de la luz.

 A veces hay flores y bosques,  casas nuevas, calles relucientes de asfalto y caminos suaves por los que provoca andar sin zapatos. Las luces brillan esplendorosamente, y vuelven invisible el cortinaje, que puede convertirse en arcoiris, ciudad de neón, o hasta en el mismísimo mar.

Otras veces no hay nada de eso. Hay un escenario en penumbra. Las tablas se asoman como calles rotas o caminos empedrados. Hay flores marchitas y algunos árboles que resisten el verde a pesar de la sequía. La luz es tan tenue como la de una vela, y la opaca cortina del fondo refleja formas que parecen fantasmas y casas destartaladas.

En cambio, yo, siempre soy yo. Soy el hogar de mi misma. Soy suficiente.

Vivimos en un entorno colmado de angustia. Nuestra civilización no entiende el aquí y el ahora. Añoramos  el ayer, planificamos el mañana. Y apenas hemos alcanzado ese “mañana”, aparece la esperanza de otro “mañana”.  Así se nos va escapando la vida sin abrazar lo único cierto que tenemos: el hoy.

La continua expectativa en que vivimos, esa sensación de que nada es suficiente y que siempre habrá un mejor porvenir, es la fuente principal de nuestra angustia. ¿Y qué tal si no hubiera un mejor porvenir? ¿O si no hubiera porvenir en lo absoluto? ¿No habrá valido entonces la pena el mero hecho de vivir?

En el presente solo cabe la gratitud por la vida, tal y como nos ha sido dada.  Y solo en el presente podemos cultivar nuestro centro de paz.

Todos hemos experimentado esos momentos en que una vivencia poderosa nos hace olvidamos por un rato de nosotros mismos. Como cuando vamos al cine y la película nos engancha de tal manera, que al finalizar no sabemos dónde estamos ni cuánto tiempo hemos pasado allí. Eso es vivir el presente con absoluta plenitud.

Para alcanzar ese estado de paz, Budha dice que necesitamos seguir cuatro leyes:

La primera, es la aceptación del hecho de que la vida implica felicidad y dolor. Todo a nuestro alrededor, cualquiera que sea el escenario, está sujeto al tiempo, y por lo tanto, tiene fecha de caducidad.  

La segunda ley, se refiere al apego. El dolor es directamente proporcional a la intensidad de nuestros apegos. Honraremos la vida sin el afán de retenerla y aceptaremos la muerte como su fin natural.

La tercera ley, es sobre el espacio-tiempo. Cuando aceptamos que solo nuestro cuerpo físico está atado a estas dimensiones, podemos liberar nuestra conciencia y hallar nuestro espíritu, que nos trasciende.

La cuarta y última ley, es el camino recto hacia la paz. Si cultivamos el desapego, aceptando los límites que supone la existencia humana, entonces, libres de expectativas, podremos vivir en plenitud el presente.  

La vida me ha enseñado repetidamente algunas lecciones que yo me negaba a aprender. En los últimos años ella ha sido particularmente perseverante, y me ha obligado a subir varias veces a ese escenario en penumbra que me resultaba aterrador. Ha dejado de asustarme  la amenaza de caer entre las tablas rotas. Camino confiada, porque finalmente aprendí que el miedo no puede prevenir ningún evento que corresponda al devenir de mi destino. El miedo crea la angustia y la angustia nos separa de vivir el hoy.  

La paz interior y la conciencia plena pasan por aceptar que solo somos actores dentro de un escenario que es externo, que escapa a nuestro dominio. De nuestra conciencia profunda nace la capacidad para identificar lo que está fuera de nuestra área de control. Entenderlo y convivir con esta certeza es una fuente de paz.  Pero eso no significa aceptar límites y conformarnos. También de esa conciencia profunda nace la resiliencia. Entonces, depende de nosotros aceptar vivir en las sombras que a veces el mundo físico nos impone, o ser la pequeña luz que marque la diferencia.

Al identificar nuestro breve espacio de acción en el universo, reconocemos que no podemos cambiar el mundo, ni siquiera nuestro entorno más cercano. Sin embargo, nada nos impide descubrir, en nuestro interior, esa pequeña gran misión personal que a cada uno de nosotros le fue asignada. No hay felicidad duradera que no tenga sus raíces en la propia conciencia, en el conocimiento del alma y en la necesidad de dejar en este mundo, una huella bonita

No sé cuántos nuevos escenarios habré de pisar en el futuro. Sé que en cada uno tengo una misión, y mi trabajo personal es descubrirla. Sin miedo al cambio,  domino la escena. Soy yo, defendiendo mi centro, con mi hogar a cuestas. Como un caracol que lleva su casa adentro.

Tres meses lejos: aprendizaje y trabajo

Tres meses lejos.

Museos, teatro, cine . Y espacios abiertos para andar . La libertad.

También hubo aprendizaje y trabajo.

Invitada por mi discípula y ahijada, Lorena Arraiz Rodríguez,  dicté un taller online sobre Storytelling para su consultora  LaEstrategiCom. La oportunidad de trabajar con las historias de alumnos de diversos países, me permitió comprobar, una vez más, que solo difiere el escenario y siempre es posible conectar con el otro desde lo humano.

También, con el apoyo generoso de mi querida Cristina Martínez Da Silva, tuve el privilegio de dictar dos talleres en su acogedor  T-Lab, en La Latina. El objetivo de Cristina es incorporar a la comunidad en proyectos artísticos y reflexivos con una inversión pequeña. Comenzamos  con “El Relato de mi Vida, descubriendo mi héroe interior”, un taller que yo había estrenado poco antes en Caracas.  Unos días después, la serendipia hizo lo suyo y me encontré con esa fabulosa narracuentos  que es Mamen Hidalgo. Compartiendo un café y conversando sobre temas femeninos, se nos ocurrió unir nuestros talentos y crear una pieza de entretenimiento y reflexión personal. Con el título del libro homónimo de Jean Shinoda Bolen  “Las Diosas en cada mujer”, surgió un trabajo divertido y profundo sobre arquetipos, que nos hizo reír y reflexionar junto a un grupo genial de mujeres.  

Gracias a Dios y a la vida por tantos regalos, pero especialmente, por ponerme en el sendero que conduce a la conciencia.

De nuevo en casa, continúo apostando a la luz, y encendiendo mi velita, sigo descubriendo mi misión en este plano temporal.

Jodorowsky

“La Conciencia crece. Si no crece, se petrifica”

                                                                                 

La otra cara del amor

Y cuando la brisa decembrina traiga su recuerdo con aroma a pino, enciende una vela. Pon flores en el jarrón junto a su retrato. Escríbele una carta. Reza una oración. Escucha aquella canción. Tómate una copa de vino en su nombre. Ponle un lugar en la mesa.

Esta es mi segunda Navidad de convivencia con el duelo

Por más que te hayas empeñado en creer que todo va a estar bien, por más que hayas leído, pensado, meditado, trabajado sobre el tema del dolor y la pérdida, en esta etapa del año aflora la nostalgia, y la herida,vuelve a sangrar. La silla vacía, el eco de una risa, la palabra que te alcanza por azar, el deseo que ya no se va a cumplir, el regalo que no tendrás que comprar… y esa tristeza que creías casi superada te vuelve a arrastrar al fondo denso de una oscuridad que te asfixia.

 Entonces, dejas salir la tristeza, vuelves a tu centro, y reencuentras el regalo escondido, camuflado entre las ramas de pino y el musgo del pesebre: el dolor de la pérdida solo puede existir cuando hemos amado. Y ¿cómo no celebrar el haber amado?

El proceso del luto es un viaje laberíntico y enigmático. No es lineal. Sus implicaciones no son solo emocionales y personales, también son físicas, sociales, económicas, espirituales y existenciales. Afectan la vida entera, puesto que debes reinventar los modos de enfrentar la “nueva normalidad” y el entorno social que te envuelve. De todo lo anterior, esto último puede ser lo más difícil.

Lo primero, es aprender a aceptar que la vida no será igual,nunca más. Y a partir de esa certeza, emprender un viaje interior para confrontar el dolor y el vacío de la pérdida. No se puede huir de ese vacío. No pretendas distraerte con actividades sociales o trabajando veinticuatro horas.Solo estarás poniendo vendas en una herida que no dejarás cicatrizar. Es el momento de pensar en cuidar de ti, en mirarte al espejo y preguntarte cada mañana: “Hoy, qué quiero y qué puedo hacer por mí?”

El luto es un proceso natural, sagrado y personal. Y tienes derecho a afrontarlo a tu manera. No aceptes que nadie te diga cómo vivirlo o cuánto debe durar.

En un mundo en que la felicidad se vende en las redes y la tristeza se ha convertido en “políticamente incorrecta”, seremos inmediatamente invitados a dejar el dolor, como si éste se pudiera esconder bajo la almohada por un rato, y a “tratar de distraernos”. No. No. No funciona así. El dolor no va a dejar de acecharte. En algún momento vas a estar solo, y entonces te saltará encima.  No te dará tregua, a menos que lo enfrentes. A menos que lo aceptes en una convivencia pacífica en la que tienes mucho que aprender

Durante el duelo, mis mejores momentos han sido los compartidos con familia o amigos entrañables, los que me han regalado los nuevos aprendizajes de crecimiento interior, y los que he pasado sola en casa,con una copa de vino, escribiendo o viendo una buena película en televisión.

Nada me obliga a ir donde no quiero

Nada me obliga a hacer lo que no quiero

Nada me obliga a estar con quien no quiero

Puedo llorar, si así lo quiero. Pero también puedo reír o bailar

Puedo donar las pertenencias de mi amado. O puedo guardarlas para siempre

Puedo releer sus cartas de amor. O puedo quemarlas y ofrecerlas al Universo

Puedo agradecer a Dios por la nueva persona que soy. O puedo reclamarle mi tristeza

El paso por el luto me ha mostrado la soledad como libertad y como medio de encuentro conmigo

Que nadie te juzgue, o que poco te importe.  

Cuando tropiezas con la muerte, dejas de temerle. Y también dejas de temerle al mundo. Miras hacia adentro para hallar tu verdadero sentido y trascendencia. Si te lo permites, es un nuevo comienzo. 

Y cuando la brisa decembrina traiga su recuerdo con aroma a pino, enciende una vela. Pon flores en el jarrón junto a su retrato. Escríbele una carta. Reza una oración. Escucha aquella canción. Tómate una copa de vino en su nombre. Ponle un lugar en la mesa.

Y recuerda que no existiría el dolor, si no hubieras amado.

Para Elisa

 

Las madres son espejos.

Desde su infinitud,  nos devuelven, sin propósito, la mirada del otro.

Esa mirada nos desnuda y nos deconstruye, nos regresa al origen.

Es una mirada temida y temerosa.

No se puede escapar de ese espejo. Nos hacemos mujeres viéndonos en él, y allí nos buscamos por oposición o por semejanza, o por ambos.

Cuando somos niñas, el espejo es solo un cristal transparente. El alma inocente apunta al ideal que proyecta esa figura inmensa de amor y misterio, y, desprovistas de todo juicio, somos en nuestra esencia.

Algunas tienen menos suerte, y a los pocos años el cristal se mancha, tal vez se quiebra, y  deja una imagen difusa, rota en mil pedazos. Algunas pasan la vida tratando de rearmarse.

Pero de cualquier forma, en nuestra adolescencia, el espejo aparece en todo su esplendor. La imagen que nos devuelve no suele gustarnos. En ella descubrimos  el defecto y la virtud, la fortaleza y el miedo, la generosidad y el egoísmo, el amor y el odio, el acierto y el error. Son ellas y somos nosotras. A la vez y distintas. Como una sola. Y ahora sí, la semejanza o la distancia, empiezan a construir la base sobre la que se asienta nuestra adultez. Estamos marcadas por ese espejo que son ellas, cuyo vientre habitamos por nueve meses.

Debieron pasar muchos años para que yo aceptara mirar mi reflejo sin temor a la sombra. Porque aunque yo amaba inmensamente a mi madre, crecí por oposición a todo lo que ella proyectaba. Ella era frágil y yo era fuerte. Ella era temerosa y yo valiente. Ella era dependiente y yo era libre. Ella era familiar y yo solitaria. Ella hablaba, yo callaba.

Solo en mi etapa más adulta y después que su alma pasó a otro plano, comprendí  todo lo que de ella había en mí. Y todo lo que de mí hubo en ella.

Yo no tengo hijas, y no puedo hablar desde esa experiencia. Pero a mi alrededor he visto a  muchas jóvenes fracasar en su vida profesional y personal, por el temor a enfrentar la sombra, escondida en sus madres.

Hay que aprender a mirarnos sin temer.

Yo encontré a mi madre y me encontré en ella. En su miedo, en su fragilidad, en su dependencia, en su palabra. Y reconociendo el pasado, en ella descubrí mi valentía, mi fuerza, mi libertad, mi soledad y mi silencio.

Desde aquí, porque sé que está cerca, le doy gracias por haber sido todo lo que soy, de un modo distinto. Del único modo que podía. Del único modo que sabía.

Sigo mirándome de cerca en ese espejo, y allí la RE-CONOZCO

 

La tercera vía (hacia la felicidad)

Uno de mis ejercicios favoritos como escritora, es observar a la gente. Me encanta, por ejemplo, imaginarme la vida de la señora que camina junto a mí en el supermercado y va llenando su carrito de productos que me dicen un montón de cosas acerca de quién es. O también adivinar a dónde va el señor que detiene su carro a mi lado, en el semáforo, mientras espera con angustia la luz verde. Pero mi favorita, desde pequeña,  es mirar las ventanas iluminadas de los edificios en las noches, ver pasar una  silueta, o dos,  y construir en mi cabeza toda una vida posible. ¿Es una familia? ¿Un hombre solo esperando a su amada?? ¿Tal vez una mujer que cuida de su madre anciana? Y la pregunta más interesante de todas: ¿son felices allí adentro?

En el último año de mi vida he descubierto que la mayor parte de las personas buscan la felicidad por tres vías: la primera, la más común, es el concepto de felicidad que tiene que ver con el éxito del mundo material. Y por mundo material me refiero a todo aquello que tiene que ver con la seguridad económica y el éxito profesional. Cuando somos muy jóvenes, pensamos que comprar una casa, un auto y tener el trabajo soñado, que a la vez nos dé un ingreso económico importante y nos permita realizarnos profesionalmente, constituyen la felicidad, o al menos, una buena parte de ella.

La segunda vía hacia la felicidad, tiene que ver con las relaciones. Encontrar el amor, la pareja adecuada, formar una familia, tener hijos, pertenecer a un grupo de amigos que nos permitan disfrutar los pequeños placeres de la vida.  Esta idea comienza a rondarnos en la adultez temprana, probablemente nos llegue primero a las mujeres y un poco más tarde a los hombres, pero en general, la soledad no suele estar atada al concepto que tenemos de felicidad.

Si logramos alcanzar las dos anteriores, es probable que no creamos necesario recorrer  la tercera vía. Podemos conformarnos con satisfacer nuestras exigencias intelectuales y nuestras necesidades emocionales. Pero cuando una de las dos falla, cuando una pérdida nos arranca sin aviso la seguridad material o un pedazo de corazón, la tercera vía está allí, esperándonos. Muchos la ignoran y caen al vacío. Otros la transitamos como única vía de salvación, y allí redescubrimos una felicidad distinta. Esa vía, es la espiritual.

El tránsito por la pérdida me obligó a descubrir una fuerza escondida que hace años me enviaba señales. Pero yo estaba muy bien con mi vida emocional y material y no tenía interés en emprender un viaje (doloroso, siempre es doloroso) hacia mí misma. Abrir la puerta a esa fuerza y permitirle revelarse con todo su poder, me mostró un camino desconocido, maravilloso y lleno de nuevos retos. Ese camino es hacia mí y la felicidad se realiza en el encuentro conmigo. El encuentro que trasciende mi yo material, mi yo emocional, y me lleva a lo que hay en mí de eterno e imperecedero. Esta felicidad es la única que no tiene fecha de caducidad porque no está signada por la pérdida.

La fe, que mi madre me regaló, y la certeza absoluta de que soy algo más que un cuerpo físico, me han permitido descubrir una felicidad distinta. En este trayecto he echado mano de todas las herramientas y aprendizajes que he considerado que aportan luz a mi búsqueda. He conocido gente con el alma rota, que ha renacido victoriosa luego de un tortuoso viaje hacia el interior de sí mismos. No existen atajos en este recorrido, no creo en gurús que ofrecen la felicidad en tres pasos ni en el círculo mágico del éxito. Creo en el camino lento del autoconocimiento, que implica mirar el pasado y reconocerlo, perdonar,  perdonarme, y dar gracias porque soy la suma y consecuencia de todo eso. Implica mirar al futuro, aceptando que voy a caminar con una nueva conciencia cada minuto que me regale Dios, y que solo valdrá la pena hallando el sentido y la trascendencia en el otro. Implica mirar al hoy en su impermanencia, y saber que hago, simplemente, lo que me corresponde.

Si aún no has atravesado el umbral de la tercera vía, quizás no te ha llegado el momento. Pero cuando llegue, acéptalo, prepárate y atrévete a derribar al guardián. Una vez que te sumerges en tu luz interior, la felicidad es para siempre.

 

El Árbol Mágico

Hace unos meses decidí enfocarme en conocer más de mí.

De mis lecturas de Campbell y Vogler, las clases de guionismo y los recorridos por la literatura y el cine, aprendí que la vida es un viaje: comienza con un llamado a la aventura, rechazamos el llamado, pero más tarde o más temprano, estamos obligados a escucharlo. Hay que romper con el mundo ordinario y comenzar a atravesar umbrales, custodiados por terribles guardianes. Solo cuando entramos en la cueva más profunda y enfrentamos nuestra sombra, podemos alcanzar la meta, el propósito. Entonces, redimidos, logramos renacer y hacernos con el premio de nuestra verdadera esencia. Este proceso es conocido en la literatura y el cine como “el viaje del héroe”. Todos hacemos ese viaje, una y otra vez, a lo largo de nuestra vida. Pero en esta segunda mitad, tengo la madurez para hacerlo de manera consciente.
En este proceso de búsqueda, descubrí el poder que se esconde en la genealogía. Ser emigrante me hizo ahondar en mis raíces. El destierro te mueve el piso, te arranca del suelo y te lanza al viento sin norte. Flotas como una rama perdida, desprendida del árbol del cual eres parte. Pierdes la familia extendida. Pierdes el lugar donde descansan tus muertos. Cruzas el umbral. Pero no siempre logras dejar de mirar atrás. Yo no lo logré. Pasaron muchos años y crucé muchos umbrales, para poder darme cuenta del tesoro escondido en mi árbol.

LA FAMILIA ES UN ÁRBOL MÁGICO EN EL INTERIOR DE CADA UNO”
                                                                                    Alejandro Jodorowsky

Desde muy pequeños, nos enseñan la historia de nuestra cultura y nuestro país, sin embargo, resulta muy curioso que no prestemos ninguna atención a nuestra historia familiar. Lo que conocemos sobre nuestras familias es lo que escuchamos y observamos en los adultos que acompañan nuestra infancia. Algunos tenemos el privilegio de conocer a nuestros cuatro abuelos, unos pocos a algún bisabuelo, pero generalmente no sabemos mucho acerca de sus vidas y sus orígenes antes de que nosotros viniéramos al mundo. Yo me propuse armar mi árbol genealógico, y con ayuda de algunos mentores, lo logré lo mejor que pude.

“AUNQUE NO SABES QUE ES LO QUE BUSCAS, LO QUE TU BUSCAS TE BUSCA”
                                                                         Alejandro Jodorowsky

Descubrir ese árbol trajo gratificaciones inesperadas, y también respuestas largamente esperadas.
No sé si la búsqueda del árbol me llevó a las respuestas, o si la búsqueda de respuestas me llevó al árbol. Solo sé que la conciencia de mi genealogía me ha regalado un viaje mágico a mi ser espiritual.

“LA CURACIÓN LLEGA CUANDO NUESTRA HISTORIA ENCUENTRA UN SENTIDO “
                                                               Alejandro Jodorowsky

He aquí un breve resumen de lo que descubrí:

Desde sus inicios, el psicoanálisis afirmaba que la vida psíquica de cualquier individuo se sostenía en la relación de éste con su familia, en especial con los padres. Para Freud, el carácter de los vínculos entre padres e hijos en la primera infancia, eran determinantes para su personalidad adulta.
Posteriormente, Jung expuso la existencia de lo que llamó inconsciente colectivo. Él mismo estudió a fondo su propio árbol genealógico.
En el presente, la psicología sistémica y la herramienta de las constelaciones familiares constituyen corrientes ampliamente conocidas y utilizadas en la psicoterapia familiar. Alejandro Jodorowsky acuña el término “psicogenealogía” para definir el estudio del árbol genealógico como vía de conocimiento y sanación. Pareciera haberse descubierto un tesoro de conocimientos en nuestro árbol, y creo que hoy pocos ponen en duda la influencia de la familia en la psique y en el modo de actuar en el mundo de cada individuo

Si has llegado hasta este punto te estarás preguntando: ¿Cuál es el motivo por el que puede resultar interesante conocer nuestra genealogía? ¿Se puede acaso cambiar el pasado?

Definitivamente, no. Es imposible elegir otros padres u otros abuelos, reconstruir nuestra infancia o nuestra adolescencia. Pero sí es posible cambiar nuestra forma de mirarlos.
La genealogía nos ayuda a entender la naturaleza de nuestras relaciones y descubrir las fuerzas creadoras que nuestra familia entraña. Nos desvela las dinámicas que conllevan identificaciones e implicaciones de una generación a la siguiente y que dificultan nuestra vida.

Cuando venimos al mundo ya somos parte de una familia y nos sumamos a su conciencia colectiva. Pertenecemos, por lazos sanguíneos, a un grupo familiar. Sin embargo, es la lealtad la que nos convierte en familia. Y en nombre de esa lealtad, que no es más que el sentido de pertenencia al clan, repetimos conductas, enfermedades y sufrimientos. Somos capaces de traicionarnos a nosotros mismos por quedarnos apegados fielmente a contratos inconscientes.

Los condicionamientos emocionales y de conducta grabados por nuestro linaje en nuestro inconsciente personal, el yo más desconocido y misterioso, determinan nuestra postura frente a la vida y conducen nuestros actos irremediablemente a repeticiones de patrones dolorosos en distintos ámbitos personales, de los que difícilmente podemos escapar. El análisis psicogenealógico de nuestro propio árbol, nos devela las causas originales que desencadenaron esos patrones. Su visión y comprensión ya de por si resultan sanadoras, pero podemos dar un paso más hacia la superación de esas hirientes rutinas que nos privan de vivir en plenitud y conciencia.
Sanamos el árbol con la reconciliación y la aceptación. Realizando lo que somos auténticamente. Ejerciendo nuestro destino personal. Echando luz sobre nuestras raíces

La luz sobre mis raíces ha traído luz sobre mi vida. Aprendo a mirar al pasado con la absoluta certeza de que no pudo ser de otra forma. Me reconcilio con mi niña triste, con mi adolescente herida. Agradezco mi vida, tal y como fue. Doy gracias, sin culpas ni reclamos, a mis padres, a mis abuelos, y a ese ejército de ángeles que son mis ancestros. Con ellos a mis espaldas, el viaje se hace más ligero.

Como alma que lleva el diablo

Lo que voy a contar hoy no tiene mucho que ver con el propósito de este blog, sin embargo, después de que lean esta crónica, se darán cuenta, como yo, de lo poco que nos conectamos con nosotros mismos. De que resulta imposible mirar al otro, sin previamente, habernos mirado.

Hoy se cumplen 11 meses de la partida de mi esposo, y quizás por eso, estaba particularmente sensible. O  quizás porque el evangelio de hoy era ese texto tan bonito de San Marcos que incluye la frase: “Más fácil entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos”. O tal vez porque el sacerdote, al inicio y al final de la misa,  encomendó en sus oraciones a Gregory, un jovencito de la Parroquia, quien había sufrido un grave accidente e iba a ser intervenido el próximo miércoles. Quizás fue un poco de todo eso.

Salí de la misa con cierta sensación de paz, caminando despacio entre la gente que corría  “como alma que lleva el diablo” para evitar la cola del estacionamiento. Afuera,  un señor delgado de unos cincuenta años, con rostro desesperado y una carpeta en la mano, buscaba la atención de la gente mientras anunciaba con voz entrecortada: “Yo soy el padre de Gregory, por quien el Padre les pidió que oraran”.  El señor, quien con toda certeza era la primera vez que hacía algo como eso, mostraba con vergüenza una factura guardada en una carpeta en la que se podía leer el monto total de la operación de su hijo. Me acerqué un poco, y le escuché decir en un tono más bajo: “Este es el costo de su operación y no tenemos completo el dinero para cubrirlo”. Mientras repetía aquellas palabras, yo me preguntaba si era que la gente no escuchaba lo que yo escuchaba, y no veía lo que yo veía.

Miré con estupor cómo dos señoras, sin apenas detenerse, le entregaban un par de billetes de baja denominación, como si aquel desesperado padre estuviera pidiendo limosna. También pasaron veloces las dos mujeres que conversaban a mi lado durante la misa, y recordé sus bolsos de marca, colgando del banco.

¿Indolencia? ¿Indiferencia? ¿Cansancio, tal vez?  No pude contener las lágrimas. Me resultaba trágica la vergüenza de aquel señor, intentando ser notado por un público ciego y sordo, ensimismado en el único interés de su propia supervivencia.

Los que conocemos un poco  el Evangelio, sabemos que el texto de San Marcos no dice que ser rico es malo. Lo malo es el apego a la riqueza, la incapacidad de buscar la trascendencia y el sentido, más allá de las posesiones materiales. Y sí,  todos tenemos problemas, carencias y necesidades propias, pero ¿la vida es solo eso? ¡Nadie había entendido una sola palabra de la homilía! ¿Acaso la fe y la búsqueda espiritual no implican el compromiso con una causa más grande que uno mismo? ¿Con el prójimo, por ejemplo?

Con aquella sensación que produce el sentir que eres ajeno al mundo, me acerqué a aquel hombre triste,  le puse la mano sobre el hombro, y le pregunté cómo lo podía ayudar. Sacó un papelito donde había copiado el número de cuenta bancaria de su esposa, me miró a los ojos y me dijo “El Padre me dijo que me encontraría con un angelito”.  Le dije “Tenga fe, todo va a estar bien”.

No creo que haya que ser ángel para tener empatía con un ser humano que sufre

No creo que el amor pueda reducirse a una limosna entregada con mirada esquiva

No creo en la vida espiritual de quienes  ignoran el principal carisma de su fe

No creo que valga la pena sobrevivir, solo para no morir

No creo en la vida sin sentido

No creo en la vida sin trascendencia

No creo en pasar por el mundo “como alma que lleva el diablo”

Cuando llegué a casa desmoronada, le conté a mi hijo lo que acababa de pasar. “La sociedad está jodida, ma. Especialmente la venezolana. ¿De qué te asombras?”

¿De qué me asombro?

Hoy se cumplen 11 meses de la partida de mi esposo, y quizás por eso estaba particularmente sensible. O  quizás porque el evangelio de hoy era ese texto tan bonito de San Marcos que incluye la frase: “Más fácil entrará un camello por el ojo de una aguja que un rico en el Reino de los Cielos”. O tal vez porque el sacerdote, al inicio y al final de la misa,  encomendó en sus oraciones a Gregory, un jovencito de la Parroquia, quien había sufrido un grave accidente e iba a ser intervenido el próximo miércoles. Quizás fue un poco de todo eso.

Si alguien quiere donar para los gastos médicos de Gregory, aquí los datos:

Banco Banesco

0134-0946-34-0001164153

CI: V-9.410.582

Tlf: 0424.151.21.38

Taller: El relato de mi vida: descubriendo a mi héroe interior

Este mes de octubre estaré dictando el taller “El relato de mi vida: descubriendo a mi héroe interior”.

En medio de esta vorágine que vivimos, muchas veces estamos saturados de información que nos desconecta de nosotros mismos. Es allí donde el relato nos permite a través de la historia y los personajes viajar hacia nuestro propio encuentro.

Este taller de dos jueves te permitirá crear el mapa, descubrir puntos de giro en tu historia, conocer tus ancestros, amores, parejas, amigos…

Y mirarte a ti mismo para descubrir qué tipo de héroes eres… ¿Te apuntas? ¡Viajemos juntos!

Coordenadas: jueves 11 y jueves 18/10.
9 a 1 pm
Lugar: Qta Los Duendes (a media cuadra del consulado de Cuba) Chuao
Reservaciones y más info: 0414.129.84.75 (mensaje y whatsapp)

 

Presentación:

Somos parte de un mundo saturado de información que viaja a toda velocidad.

Atendemos poco, entendemos menos. La emoción parece más importante que la razón.

Las sensaciones lucen más interesantes que los datos.

Y solo a través de la forma logramos captar el contenido.

En este contexto, el relato aparece como un recurso de inmenso valor,
al permitirnos, a través del personaje y la narración, recuperar la empatía,
permear las barreras de la incredulidad y rescatar los afectos perdidos.
Este taller busca revelar un valor adicional del relato: viajar hacia nuestro propio encuentro.

El presente curso está destinado a hacer un viaje hacia nuestro pasado a través de la memoria.

Momentos, fotografías, objetos y lugares, rostros desdibujados y nombres que cuesta recordar, serán la fuente para la construcción de nuestra vida como relato.

Es la memoria la que fungirá de fuente para la reconstrucción de personajes y acontecimientos que puedan dar lugar a un buen relato, pero a la vez, la memoria nos llevará de la mano en un recorrido interior, que nos permitirá descubrir el poder sanador de la escritura.

La historia de mi vida: La creación del mapa o línea del tiempo.
El descubrimiento de los puntos de giro de mi historia.
Los personajes: Conociendo a tus ancestros. Reconstruyendo nombres,
rostros y circunstancias. Amores, parejas y amigos.

“El viaje del héroe” o la teoría del relato: Los arquetipos junguianos y la memoria colectiva.
Todos somos héroes. Héroes y mitos. El héroe o la necesidad de salvación.
Salvador, víctima y victimario. Cambios de rol. ¿Qué tipo de héroe eres tú?

Dirige: Elisa Martínez Licenciada en Comunicación Social (UCAB). Máster en Educación (Universidad de Wisconsin) Doctora en Letras (UCAB). Investigadora de la Universidad de Harvard. Maestra en Psicología Positiva. Fue Directora de la Escuela de Comunicación Social de la UCAB. Actualmente Jefe del Departamento de Artes Audiovisuales. Asesora estudiantil. Consultora y editora de guiones. Profesora de Storytelling para diversas plataformas, de Narrativa y escritura de guión argumental, entre otras.

Coordina: Astrid Kassert, Directora del Instituto Asgard de Formación Sistémica

Duración: Este taller está planificado para ser dictado en 2 sesiones de cuatro (4) horas c/sesión
Requisitos: Disfrutar la escritura sin temor al viaje