La Emperatriz

En el Tarot, la Emperatriz encarna el arquetipo de la feminidad. Nuestra cultura nos ha hecho creer que, para ganarnos un lugar dentro de ella, tenemos que parecernos a los hombres. Paradójicamente, también nos ha vendido la idea de que madre y mujer son sinónimos y que sin la maternidad no somos mujeres completas. Sin embargo, en esa figura que es el arcano número 3, cómodamente sentada en medio de la naturaleza, coronada de estrellas y adornada con flores de granada, nada parece hablar de masculinidad. Tampoco de maternidad. Creación, belleza, abundancia, nutrición, eso sí.

Dice Maureen Murdock que en nuestro mundo androcéntrico las mujeres descubren, más temprano que tarde, que solo son recompensadas cuando se muestran al mundo bajo el prisma masculino. Es entonces cuando, inconscientemente, comenzamos a rechazar nuestra energía femenina porque nos autoconvencemos de que nos hace débiles para competir codo a codo con los hombres. La inteligencia lógica, la estructura, el prestigio social y las ganancias económicas son recompensadas en el universo masculino, entonces, nos abrazamos intensamente a nuestra energía yan y nuestro animus, y empezamos una carrera sin freno en la que dejamos en el camino nuestra verdadera identidad femenina. En la medida en que las mujeres nos midamos a nosotras mismas por los patrones del hombre, nos encontraremos insuficientes o carentes de las cualidades que nos han hecho creer que la sociedad valora. Entre mis pacientes, veo todos los días mujeres entre los 30 y los 40 años que se autodiagnostican con el “síndrome del impostor” porque sienten que lo que hacen nunca está a la altura, nunca está perfecto, siempre puede estar mejor. Son tiranas de sí mismas y trabajan muchas horas diarias. Duermen poco y se divierten menos. Son críticas con sus parejas, especialmente si éstas han tenido menos éxito y prestigio del que ella esperan. En la medida en que estas mujeres han tenido madres que, según el prisma social, son vistas como débiles, dependientes, pasivas, manipuladoras y carentes de poder, rechazan con más fuerza el modelo femenino. Y si, además, la figura paterna ha estado presente y las ha impulsado a educarse y ser libres, el rechazo de lo femenino termina de completarse. “Quiero ser como papá y no como mamá”, es el pensamiento que subyace, de manera inconsciente, en la mente femenina que pretende, paradójicamente, liberarse del mundo patriarcal. Surgen entonces las Ateneas y las Artemisas oscuras, cuyo poder arquetipal es capaz de borrar de un plumazo la fuerza femenina de Afrodita o la sabiduría interior de Hestia.

Sin embargo, independientemente del éxito que consiga en el mundo material, seguirá sintiéndose minusvalorada y sobrecargada. Y, llegada la madurez, empezará a cuestionarse por qué no es feliz y qué ha sucedido con su verdadera esencia y su ser femenino.

No escapan del mismo destino las mujeres que no logran la “separación” de la madre, que debe ocurrir en el inicio del viaje de cada heroína. Una figura paterna débil o ausente y una madre dominante pueden crear en las hijas el “ideal” de la madre fuerte, que puede con todo, que no necesita de un hombre porque ella sola puede ser “papá y mamá”. Obviamente, no lo necesita porque ella misma ha constelado al arquetipo masculino y ha privilegiado su animus sobre su ánima. Sin embargo, no es consciente de que ella puede ser una gran madre, pero jamás podrá ser un padre. Esta tergiversación de roles abunda en nuestra sociedad en donde es común la ausencia paterna. Estas mujeres pueden llegar a sufrir mucho en la madurez y en la vejez, cuando pierden el control sobre la familia. Han hecho de la maternidad el propósito de su vida y han enterrado a Venus en la profunda oscuridad del Hades.  Igual que las anteriores, han perdido el contacto con su esencia femenina y no saben dónde hallar el auténtico propósito de su existencia.

El Emperador es el rector de nuestra psique. “Estamos escindidos de nuestra parte femenina y creativa, nuestra mente racional la desvaloriza y la ignora, al negarnos a escuchar nuestra intuición, nuestros sentimientos, la sabiduría de lo profundo de nuestro cuerpo”, dice Maureen Murdock. Sentimos la tristeza y la soledad, sin darnos cuenta de que esos sentimientos son el fruto de un desequilibrio de nuestra propia naturaleza. Siempre vamos a necesitar de la energía del Emperador, pero no podemos ser el Emperador. Somos la Emperatriz, y desde ese trono, podemos descubrir y reconocer nuestra verdadera fuerza, nuestro verdadero poder.

Como heroínas de este tiempo debemos romper con las ataduras del ego. Liberarnos de los resentimientos hacia nuestra madre y dejar de culpabilizar o idealizar al padre para enfrentarnos a nuestra propia oscuridad. Podemos ser madres o podemos poner nuestra fuerza creativa y protectora al servicio de otra causa.  La mujer tiene el poder de iluminar los espacios interiores de sombra a través del contacto con la naturaleza, la meditación, el arte en cualquiera de sus expresiones, el ritual, el juego y las relaciones humanas. Debe desarrollar una relación positiva con el hombre que habita en su corazón y hallar la voz de su mujer sabia para sanar su alejamiento de lo femenino sagrado. Al honrar su cuerpo y su alma, así como su mente, cura la brecha que existe entre ella misma y la cultura, entre el ánima y el animus, entre el ying y el yang. No hay camino a la conciencia que no pase por el equilibrio y la integración.

Y no hay mejor cierre para esta reflexión que el texto que escribe Maureen Murdock para cerrar su libro Ser mujer, un viaje heroico.

“Las mujeres somos tejedoras, nos tejemos con hombres, niños y unas con otras para proteger la tela de la vida

Las mujeres somos creadoras, damos a luz a nuestros pequeños y a los hijos de nuestros sueños

Las mujeres somos sanadoras, conocemos los secretos del cuerpo, de la sangre y del espíritu porque son uno y el mismo

Las mujeres somos amantes, nos abrazamos con gozo unas a otras, a los hombres, a los niños, a los animales y árboles, escuchando con nuestros corazones sus triunfos y sus penas

Las mujeres somos protectoras del alma de la tierra, sacamos la oscuridad de su escondite y honramos los reinos invisibles

Las mujeres somos buceadoras, nos sumergimos en los Misterios donde nos encontramos seguras, maravilladas y plenas de nueva vida

La respuesta siempre está en la Emperatriz.